Liderando un equipo compuesto por unos 10 ingenieros (incluyendo tres profesores), el profesor de ingeniería electrónica Carlos Mastrangelo comenzó a trabajar en un proyecto para desarrollar unos lentes inteligentes hace un par de años. El avance ha sido enorme.

En el segundo año, la iniciativa fue sufragada por el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos (NIH), y los científicos desarrollaron su primer prototipo. Y en el 2017 recibió un financiamiento inicial del estado de Utah para producir una versión de esos anteojos para consumo público.

Estos lentes tienen «un microcontrolador que continuamente ajusta el poder de los anteojos para ver claramente objetos a cualquier distancia», dice el inventor. Y no tienen cristales.

«Los lentes variables que usamos son lentes líquidos; unas membranas elásticas hechas de goma de silicona transparente (glicerina) y muy fina, que son muy flexibles y cambian la curvatura para modificar el aumento. El compartimento está lleno de un líquido transparente», indica Mastrangelo.

Para saber la clase de defecto óptico que tiene la persona, estos lentes requieren el uso de una aplicación móvil o tableta con Bluetooth.

«Pueden corregir cualquier problema relacionado con el enfoque. Están diseñados para corregir defectos asociados con la acomodación del cristalino y problemas de visión fuera de foco (visión borrosa)».

Mastrangelo dice que -sin embargo- sus anteojos inteligentes no pueden resolver problemas asociados con el daño en la retina (como retinitis pigmentosa o visión tunelífica), ni tampoco problemas con el bloqueo del cristalino (como cataratas).

El mayor problema es el de la batería, pues una batería más liviana significa que no podrá durar mucho. También deberá lograr que tengan un mejor diseño y estilo, y que sean aptos para el consumo.

«Si todo funciona bien, tendremos un producto en el mercado en unos dos o tres años», asegura con optimismo.

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